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Dzanga Bai : ¡gracias a la vida !

dimanche 14 juin 2015, par Eduardo Olivares Palma


En Dzanga Bai

Escribir antes que desaparezca la sensación de haber recorrido un largo túnel verde antes de salir, como los futbolistas en un estadio, a un maravilloso y enorme anfiteatro en que los actores encarnan, pese a ellos, el rol de los resistentes. Resistentes a la barbarie humana y también, desgraciadamente, a imperativos de una pobreza que dura y dura.

Porque los elefantes que aparecen antes mis ojos emocionados y asombrados son una de las presas preferidas de los braconniers (cuatreros, cazadores furtivos) que, pese a las prohibiciones, los matan despiadadamente. Por la carne y, sobre todo, por el marfil.

André el pigmeo que nos guía en la densa foresta que nos separa de nuestro objetivo

Léonce, el guía centroafricano que nos acompaña, nos explica que para llegar a la Saline de Dzanga Bai, tendremos que hacer primero un viaje de unos 10 kilómetros en un viejo Toyota todo terreno. Demoraremos más de media hora porque el estado de la ruta obliga a avanza lentamente. Luego, seguiremos a pie, por el medio de la foresta, hasta llegar al lugar de nuestra cita con los elefantes. Una cita que puede hacerse solo después obtenido la autorización de los responsables de la “conservación” (y del Parque) que nos dejan en manos de dos guías. El primero, Léonce, conoce todo lo relacionado con los elefantes y recibe las llaves que hacen posible que nuestro vehículo entre al parque. El otro, André, un “pisteur”, (guía) Baaka (pigmeo) capaz de guiarnos durante los 4 kilómetros de “foresta densa” que debemos atravesar caminando. Como buen pigmeo, André conoce el bosque como la palma de su mano. De hecho, la mayor parte del tiempo y según las temporadas de lluvia o de caza, su gente se adentra en el bosque y se instala allí durante toda la temporada.

Una vez iniciada la marcha a pie por senderos imposibles de identificar o de memorizar a la primera, Léonce nos aconseja hablar despacito, susurrar, para no atraer ni perturbar a los elefantes ni a los gorilas que también pudieran andar « por el barrio » (a algunos kilómetros del lugar al que vamos, hay también una reserva de gorilas). “Nada de pánico ni de gestos bruscos”, es la gran consigna. Si el gorila se acerca, “bajar la mirada para hacerle sentir que lo respetamos”. Si es un elefante el que se acerca, no moverse y, en lo posible, instalarse detrás de un árbol, en silencio y sobre todo, pas de panique ! (que no cunda el pánico). Si hay alguna razón que obligue a detenerse, él mismo, que cierra la « comitiva », emitirá un silbido especial imitando a un pájaro del bosque.

El elefante blanco luego de revolcarse en el barro buscando ser más atractivo para las hembras.

Dos veces silbó Leonce. La primera, para esperar que se alejara una serpiente que parecía tener ganas de acercarse a saludarnos y la segunda porque, a menos de cinco minutos del objetivo, había que « aliviarse » (se soulager), la delicada fórmula con que los africanos dicen hacer pipí, orinar, mear.

Ya aliviados y mas excitados que nunca por el anuncio de que estamos por llegar a destino, retomamos la caminata rápida, sostenida y sin vacilaciones detrás del simpático y eficaz André.

Como en todos los túneles, la salida de nuestro bullicioso túnel verde se insinúa a lo lejos con una luminosidad tras la cual empieza a aparecer poco a poco ese espacio abierto que me da la sensación de ser un jugador de fútbol saliendo al « campo de juego ».

Solo que a diferencia de los futbolistas, no tenemos (por ahora) derecho a entrar a la cancha sino que debemos subir, en punta de pies, a un mirador desde el que podremos observar tranquilamente a los « habitantes » de Dzanga Bai.

Que no son en realidad « habitantes » sino mas bien asiduos visitantes salidos del bosque para venir a este espacio donde pueden beber, bañarse y aprovechar lo “salino” de las aguas y del terreno para nutrirse y gozar de todas las ventajas, principalmente digestivas, de las aguas y del suelo de lugar.

La comitiva haciendo un alto en el camino

Lo que veo me impresiona y me conmueve. En el enorme anfiteatro rodeado de una espesa jungla, decenas de elefantes se pasean, se bañan, beben, juguetean o...se maquillan. Leonce me cuenta que lo que yo pensaba que era un elefante blanco, era en realidad un elefante “maquillado” con barro que se ha aplicado paciente y cuidadosamente en todo el cuerpo. “Lo hacen para refrescarse, protegerse del calor y...seducir”, explica Leonce y agrega que los elefantes son unos “coquetos” que buscan verse bien. Coquetos que deben hacer y rehacer su maquillaje una y otra vez porque cada vez que llueve – y llueve mucho por estos lados – el maquillaje se va al carajo.

Si los elefantes van y vienen, esencialmente “en familia”, hay otros “habitués” de La Saline que casi no se mueven. Impresiona verlos inmóviles, apáticos, hundidos en al barro. Estáticos como los rinocerontes, los “buffles” (búfalos) parecen unos flojos al lado de los movedizos elefantes que tampoco se preocupan mucho de ellos.

Convivencia pacífica

A propósito de convivencia. Si los “braconniers” son una de las amenazas para este verdadero paraíso terrenal, mucho más grave fue lo que pasó con una “guerrilla” terrorista y mercenaria llamada los Seleka que, hasta hace muy poco tiempo, sometió gran parte de la RCA a sangre y fuego. De hecho, varios de nuestros aprendices debieron esconderse durante semanas en el bosque porque eran buscados o estaban amenazados por los Seleka. Entre las víctimas de esos verdaderos criminales, los elefantes, a los que ametrallaron por decenas. “Por el gusto de matar” acusan, entre tristes e indignados, Didier y Léonce. Afortunadamente, comenta este último, los elefantes se reproducen a menudo. Porque “les gusta la cosa”, agrega con una sonrisa maliciosa. Único inconveniente, el periodo de gestación es de...22 meses.

En materia de inconvenientes, el mío es que no sé cómo atesorar la cantidad de sensaciones, emociones, asombros y descubrimientos que hago cada vez que miro hacia uno y otro lado de Dzanga Bai. Cómo trasmitir el intenso estado de felicidad casi infantil y de “gracias a la vida” que me produce el haber tenido la oportunidad de llegar hasta este lugar, no como turista ni en un safari para millonarios sino como parte de un momento de trabajo, de intercambio y de naciente amistad con algunos de los chicos de este lugar que, hasta hace algunas semanas, era para mí solo un nombre y un nuevo proyecto de radio comunitaria que había que apoyar. Y no por algo se llama Radio Ndkoku : Radio "Elefante", en lengua Baaka.

De vuelta de nuestra expedición, André me obsequia un collar confeccionado por sus hermanos pigmeos

Sin proponérmelo, se me aparecen imágenes de los primeros elefantes que vi en mi vida, allá en Calera, en algún circo, o en el Zoológico de Santiago. Elefantes trasplantados. Como yo mismo muchos años después. Un “trasplante” que, debo reconocerlo, me abrió la posibilidad de vivir este momento maravilloso que, por decirlo a la española, me ha “sentao mejor” que a los pobres elefantes pelados y tristones de nuestros circos.

Demás está decir que todo este cúmulo de sensaciones y reflexiones aconteció mientras, simultáneamente, sacaba y sacaba fotos, hacia vídeos y trataba también de atesorar imágenes para compartirlas acompañadas, en lo posible, con un “relato de mina”. De esos ricos en detalles sabrosos y elocuentes. Espero lograrlo.

Dan las 4 y media de la tarde. Es tiempo de volver. En el bosque la noche cae mas temprano que fuera de él y se torna menos amistoso. André nos lleva de vuelta a paso de carga. Nuestra marcha en medio del bosque, mucho menos luminoso que dos horas antes, se interrumpe una sola vez. Para sacarnos una foto en un lugar en que un árbol caído ha creado una pequeño claro que rompe la monotonía a ratos sofocante y chillona del túnel de un verde que empieza a tornarse sombrío. Volver a cruzar el río al final del túnel es como un regalo luminoso hecho de arena fina y de agua fresca y cristalina.


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